Un poco de poesía

Martha Avellaneda de Noetinger (1938-2012)

Mayo

Mayo corre se desenvuelve
en remolinos
como laberinto
en una noche de lluvias,
en una noche que fué
solo sueño
solo el tiempo de tus manos.
Miro los campos secos.

Tengo pálidos los brazos.

Desperté con el alba

y no te ví.

todo fue solo sueño
solo amor de un instante

mayo pasa volando
y deja siempre
un otoño despojado
en mi boca.

Prólogo (de la Naturaleza)

Palabras
escritas en la sombra
y de pronto ese día:
miraron los ciegos,
la vida, los campos,
los ojos, la incógnita.
(Despertó la llanura)

Hojas secas
desparramadas en el suelo.
Avenidas de plátanos,
jacarandás en flor.
Atardeceres escondidos
detrás de los rascacielos.
La niebla porteña.

Ahora sí.
El vuelo de un presente inequívoco.

Metamorfosis

Rumor de sutilezas
verdes
hartas ya de simulacros
en jardines,
ánforas livianas,
ofrenda de tallos
en arquitectura
frágil;
prolija línea
de las azucenas
en acongojado silencio.
A la hora de la siesta
alguien se adormece
sobre las violetas.
Mariposas
huyendo
del fuego
en movimientos clásicos;
soberbios abejorros
de leyenda
colgados de la horca ancestral …
Rumor de crisálidas
avanzando
sin tregua
con el asombro prendido
en sus espaldas.

Árboles

Si tu me dijeras sin voces

ni violines:

«la flor del jacarandá no ha llegado»

Sentirías en tus párpados estallar el esplendor violáceo.

Cautela, fuerza extrema,

alma reclinada sobre la tarde,

semejante a ríos y vecina de noches cálidas,

alma que se dibuja sin lápices.

Has crecido en una muchedumbre de ojos maravillados

(La vida por dentro se despliega. Obedece el mandato del sol con los brazos en plegaria.)

Tu me dirás, ausente de armonías: «el azul se ha convertido en un cielo lejano.»

Ya no te oigo.

Permanezco inmóvil en el cruce de los colores

mientras unas manos antiguas

entrelazan los matices de los verdes,

de los lilas indefinibles,

violines solistas en la primavera tardía